Un día cualquiera

4 03 2007

“Administraciones …¿Dígame? Buenos días…sí, espere un momento que voy a entrar en sus datos y le tomo nota de la domiciliación “. La primera llamada del día se salda sin problemas, la señora que llama sólo quiere dar sus nuevos datos bancarios. Se despide con amabilidad y continuo con mi tedioso trabajo. A a las diez en punto suena el timbre de la puerta. Abro y me encuentro con mi vecino de despacho que viene a tomar su habitual taza de café.
Mientras comienzo el ritual de preparación del café (sacar los vasitos de cartón, echar sacarina y leche en el de Isidoro, leche y azúcar en el mío, leche en el de Julián y dejar otro por si viene Miguel) Julián, como casi todos los días, le dice a Isidoro:
-Una preguntita…
-¡Joder macho, con las preguntitas!- Le contesta Isidoro, aparentando que le molesta.
-A ver, es muy facilita-sonríe Julián.
-Bueno, eso lo tendré que decir yo ¿No te parece?
-¡Vale! Una comunidad aprueba en junta…… -Isidoro escucha concentrado y cuando termina la exposición, con aire suficiente le contesta.
-Pues mira, lo primero es que un propietario no tiene la obligación de abonar recibos extraordinarios…
La conversación se interrumpe con la llegada del viejo abogado del 2º 1. Es un hombre de casi ochenta años, irascible, soberbio y egocéntrico. No le interesa nada más que lo que él piensa, siente o dice. Lo que digan o piensen los demás le entra por un oído y le sale por el otro.
Así siguiendo su tónica, entra en el despacho como un mihura y con su peculiar estilo saluda:
-¡Buenos días! ¿Habéis oído lo que ha dicho el cabrón de “vuestro presidente”?
Yo, como se que esa pregunta puede traer consecuencias no deseadas, hago “mutis por el foro” y me vuelvo a mi despachito intentando no escuchar las atrocidades que salen por su boca, y continuo con mi trabajo.

-¿Habéis cerrado todo?-La pregunta de Julián me saca de mi ensimismamiento y compruebo en la pantalla del ordenador que son las dos de la tarde. Hora de comer, así que cerramos todos los programas y nos vamos al restaurante.
Al llegar allí, nos recibe Manuel detrás de la barra, a la que casi no podemos acercarnos ya que el bar está repleto de gente.
-¿Lo de siempre?-Nos pregunta Manuel mientras pone aperitivos y controla a los que esperan.
-¿Hay para mucho, Manolo?-preguntamos nosotros.
-Teneis delante cinco-Nos informa Manuel-Así que ¿Os pongo algo?
-Un vino y un vermuth-le pedimos.
Quince minutos después, Marta nos indica con un gesto que pasemos al comedor. Según entramos saludamos a los habituales sentados a las mesas. Julián roba una patata frita de un plato y Marta comenta-¡Siempre igual, robando patatas!

Nos sentamos y Marta viene a tomarnos nota. Tapándose la cara con la carta, me mira y me dice-Hay cuaresma ¿Os guardo una?- Yo sonriendo, niego con la cabeza, Julián cabecea arriba y abajo- Para mi no Marta, las torrijas una vez a la semana, que cuando llegue Semana Santa he engordado tres kilos.

Comemos mirando de vez en cuando el televisor sin sonido e imaginando la noticia. Al terminar “la cuaresma” Marta aparece con los cafés y con los chupitos.

A la mesa se acerca Paco “Joder macho, en el otro comedor está vuestro amigo Tomás armando una bulla “quepáqué”. Ha salido el etarra en la tele y se ha puesto a desproticar como siempre. Algún día le van a partir la cara”.
“La pena es que no se la hayan partido ya” le responde Julián quitándome las palabras de la boca.

Con la pereza instalada en nuestros cuerpos volvemos hacia Sol, sorteando a los turistas y viandantes ociosos, y esquivando algún que otro encontronazo con la gente. ¡Andar por Madrid es peligroso! Muy pocos intentan no chocar contra el que viene de frente, es demasiado esfuerzo hacer una finta para no darle un codazo a alguien.

Son las siete, hoy me voy en metro. Tengo por delante una hora de viaje, de Sol a Príncipe de Vergara y allí transbordo a la línea nueve. El primer tramo es rápido en seis o siete minutos hemos llegado a Príncipe de Vergara. Después un largo pasillo hasta llegar al andén de la nueve. A estas horas el metro va lleno pero es posible encontrar algún asiento libre.

Hoy no es ese día, todos están ocupados. Me acerco a una línea de asientos donde están, un hombre, una mujer y una niña pequeñita como de dos o tres años, sentados. Cuando yo era joven, si algún niño iba sentado en los asientos y llegaba una persona mayor, el padre o la madre enseguida lo levantaban para dejar el asiento libre. Pero hoy, si se me ocurriera decirle a la madre “Señora, ¿Quiere coger a su niña en brazos? Me armarían la “de Dios”. Así que, me apoyo en la pared y me pongo a leer mi libro “Historias de Nueva York” de Paul Auster. Ya tengo ganas de terminarlo, llevo más de dos meses con él, dejándolo abandonado cuando encuentro otro que me subyuga más, como es el caso con el último de Almudena Grandes. Hoy no lo he traído porque me quedan apenas unas páginas y me sienta muy mal terminar un libro en el metro y estarme mirando al tendido hasta que llego a mi estación.

Hemos llegado a Sainz de Baranda y el hombre sentado a mi lado, se ha bajado, con lo que ocupo el asiento que queda libre al lado de la niña. Es muy morenita y anda hablando sola. No para en el asiento y su madre o quizás sea su hermana, ya que es muy joven, la regaña “Para quieta, ya párese” le dice con un acento hispanoamericano que no se definir muy bien.

La niña me mira y yo la sonrío, me gustan mucho los niños pero los que están bien educados. A los niños groseros, antipáticos, ñoños y consentidos los miro con mi cara de sargento y la mayoría responden, bien, quiero decir.

“¿Cómo te llamas?” le pregunto a la chiquitina. “Naiara” o algo parecido me responde. “¿Y cuantos años tienes? Me enseña dos deditos mientras la muchacha que va con ella sonríe, como todos sonreímos en esos casos.

En Vinateros se acercan a la puerta y desde allí, la pequeña me dice adiós con la manita. Yo la correspondo y le lanzo un beso con la mano, que ella me devuelve.

Sigo leyendo el libro hasta llegar a Puerta de Arganda, los trayectos se me hacen cortísimos cuando leo. De nuevo bajar de este vagón y correr a coger el de Rivas. Cómo este tren hace parte del recorrido al aire libre, por los campos aún sin edificar entre Vicálvaro y mi pueblo, veo el atardecer en toda su plenitud. En el cielo naranja destaca el sol ya pálido que cae lentamente, y al llegar a mi estación ya es de noche.

Quince minutos de paseo hasta llegar a mi casa; mi perro me recibe muy contento. Tengo que acariciarle y rascarle mientras voy dejando el bolso y el libro. Me cambio de zapatos y vuelvo a salir a la calle a darle su último paseo del día.

Hoy Julián volverá tarde. Tiene una junta de comunidad y no llegará antes de las diez. Así que después de pasar un rato en el ordenador jugando con mis amigos de Granada a un juego virtual donde yo soy una enana cabezona, “chapo” el ordenador y bajo a cenar.

A las nueve y cuarto llega Julián, el perro y yo le recibimos muy alborozados “¿Qué tal la junta?” le pregunto, “Bien, no ha habido ningún problema” me responde él cansado.

Cena, mientras yo veo un programa de humor en la tele y después se sienta a mi lado en el sofá. Mientras “zapeo” él se pone un whisky del que doy un pequeño sorbo, y tras una hora de vegetar mirando sin ver la tele, nos vamos a acostar.

Mañana es viernes ¡por fin! Sólo trabajamos hasta las dos. Después de comer nos vamos a casa y tenemos toda la tarde libre para hacer lo que nos apetezca. Bueno, eso es un decir porqué lo que nos apetece es no hacer nada, aunque algo habrá que hacer. ¡Seguro!.

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