30 10 2007

Mateo se relamía mientras contemplaba las delicias expuestas en el inmaculado escaparate; bambas de nata, pepitos de crema, palmeras glaseadas, suspiros de monja, huesos de santos y sus preferidas, lenguas de gato. Inconscientemente tragó la saliva que se agolpaba en su boca, y hurgó con los dedos en sus vacíos bolsillos esperando tal vez un milagro, encontrar una moneda , con que fuera de diez céntimos sería suficiente.

Pero como era habitual no había nada, así que suspiró y arrimó la nariz al cristal mientras veía como doña Alicia le hacía aspavientos detrás del mostrador.

Mateo la saludó con la mano pero ella frunció el ceño y salió del mostrador llegándose a la puerta de la confitería.

-¡Niño! ¿No ves que estás manchando el cristal?¡Anda quita de ahí!-Le dijo a la vez que le empujaba.

El niño trastabilleó y con una sonrisa triste contestó a la dueña-¡Si no he puesto los dedos doña Alicia!.

-Con lo sucio que estás no hace falta que pongas los dedos para manchar el vidrio-Una voz conocida contestó tras él.

Mateo cerró los puños con fuerza y se volvió, allí estaba Adolfito el hijo de la confitera. riéndose de él.

-No estoy sucio-Replicó. Sus ojos eran dos pequeñas rendijas chispeantes, escondidos entre los párpados apretados. La ropa de Mateo estaba manchada de hollín, cuando salía de la escuela iba a ayudar al señor Ramón el carbonero del pueblo. Todos los lunes su madre le daba la ropa limpia, pero cuando llegaba la noche ya estaba manchada, y así se quedaba hasta el domingo, que era cuando su madre les daba la ropa de domingo y aprovechaba para lavar la sucia.

-Anda Adolfito, vamos dentro-Dijo doña Alicia tomando la mano de su hijo-Te he dicho que no quiero que te juntes con esos rojos.

Mateo sintió un fuego muy dentro de él que no sabía como apagar. Dio media vuelta tratando de no llorar, y su pie tropezó con una piedra.Lentamente se agachó a recogerla y con ella en la mano apuntó a la cabeza de Adolfito.

 

 

El alguacil llevaba a Mateo cogido del cuello y de vez en cuando le zarandeaba. En uno de los zarandeos, sonrió y le dijo.

-¡Jodío chico!¡Mira que romperle el vidrio a doña Alicia, tu has salío a tu padre!.

Mateo pensó que no sabía a quién había salido, no recordaba a su padre más que por el retrato de boda que tenía su madre en el aparador, donde su madre de pie y con la mano en el hombro de su padre, se sujetaba la barriga con la otra. Era muy joven pero ya muy vieja, su padre parecía más joven que ella con un traje que le quedaba pequeño, porque era de su hermano Tano, que era aún más bajo que él.

Mateo se acercaba al retrato y miraba a los ojos dulces de su padre y le preguntaba-¿Dónde estás tu, eh? ¿Por qué no escribes?¡Que yo se leer!

Su padre marchó al frente cuando su madre estaba preñada de él, y volvió un año después de terminar la guerra, durante ese tiempo estuvo en un campo de concentración Mateo tenía dos años cuando él volvió y  cinco cuando un día se levantó y su padre ya no estaba allí. Cuando le preguntaba a su madre, ella suspiraba y se ponía triste, y si insistía comenzaba a llorar, entonces su hermano Higinio le sacudía.

Pero aún así le gustó que el señor Damián dijera que había salido a él.

El ánimo del chico estaba entre el miedo a lo que le podría pasar y la satisfacción de ver las caras de Adolfito y su madre cuando el cristal se rompió en mil pedazos.

Llegaron al ayuntamiento y el alguacil le hizo entrar al despacho del alcalde y le mando quedarse a un lado.

-¡Mire lo que traigo, señor Alcalde! El muy bribón le ha roto el cristal a la marquesita-dijo rascándose la boina.

El miedo y la satisfacción de Mateo dejaron paso al orgullo, cuando el alcalde le miró y exclamó-¡Coño, el hijo del maqui!