MATEO II

15 11 2007

Después de aguantar la bronca de su madre y los pescozones de su hermano, Mateo entró en la habitación y se dirigió a la fotografía del  aparador. Allí mirando el rostro travieso de su padre comenzó una conversación con él.

“Así que eres un maquis, ¿Eh?. Se lo que es un maquis, porque lo leí en un bando que había en la puerta del ayuntamiento, y luego me fui a casa del boticario y le pregunté.

Al principio no quería decírmelo, decía que eso eran cosas de mayores, pero le insistí tanto que al final me lo contó”-Le dijo a su padre con el orgullo rebosando por todos sus poros.

Su madre asomó la cabeza por la puerta y le gritó “¡Mateo! ¿Qué haces ahí? Ven ahora mismo a cenar, aunque te tenías que acostar con las tripas sonando.¡Menudo disgusto que m’as dao!” El chico miró otra vez la fotografía y encogiéndose de hombros, salió de la habitación.

A la mañana siguiente despertó con una idea en la cabeza, pero no dio muestras de ello durante el tiempo en que tardó en comerse un mendrugo de pan mojado con aceite, darle un beso a su madre y salir hacia la escuela. En vez de tomar el camino hacia la plaza, dio la vuelta a su casa y entró al corral. Desde la puerta espió los pasos de su madre, vio como apagaba el hornillo de la cocina, tomaba la cesta y salía a la calle. Como de costumbre no cerró la puerta y cuando la vio torcer la esquina regresó a su casa.

Entró en la habitación de su madre, sacó la fotografía del viejo marco de madera, rebuscó en los cajones del aparador hasta encontrar dos pesetas escondidas, y fue a la suya donde cogió una muda limpia y los zapatos del domingo, unos buenos y duros zapatones que antes habían sido de su hermano. Cuando ya iba a salir recordó algo, se sentó a la mesa y escribió una carta, cuando terminó la besó y la dejó allí.

Tomó el camino de Higueruelas, el pueblo enclavado al pie de la montaña. Caminaba por la carretera, pero cuando veía alguna silueta en lontananza la abandonaba y se metía en los campos. Unas horas más tarde llegó a su destino y con impaciencia buscó la senda que subía a los montes. En la subida notó fresco y se regañó por no haberse llevado algo más de abrigo. Al llegar al puerto del Alto escuchó voces cercanas, y corrió a esconderse entre los árboles. Una pareja de la guardia civil asomó por la curva y Mateo sintió miedo. Si le descubrían ¿Qué les diría? Pensaba en ello cuando notó un tirón en la pernera del pantalón. Miró asustado y vio un chucho que le mordía mientras tironeaba de ella. Intentó espantarle moviendo la pierna con brusquedad pero el perro no lo dejó. Era un cachorro y tenía ganas de jugar. Mateo le soltó una patada, y el chucho se retiró lloriqueando, y después comenzó a ladrar, él intentó que se callara pero el perro ladró con nerviosismo y Mateo oyó un grito “¡Quién va!” La pareja se acercaba y el chico salió corriendo mientras detrás de él sonaba una orden “¡Alto! ¡Alto a la guardia civil!”.

Siguió corriendo, volviendo la cabeza para comprobar la distancia que le separaba de ellos, y entonces tropezó con una rama y cayó al suelo. Los civiles llegaron hasta él antes de que pudiera levantarse,

Durmió en el cuartelillo y a la mañana siguiente su hermano fue a recogerle, no le dio ningún sopapo, sólo le dijo “El tío Pascual m’a dejao el burro, así que andando”.

Hasta divisar la entrada al pueblo, Higinio  no le volvió a hablar “No vuelvas a asustar a madre nunca más o te mato, bastante ha tenido ya”. Mateo se revolvió incómodo y contestó a su hermano “Quería encontrar a padre, luchar con él en los montes”.

La espalda de Higinio se puso tensa “¿Padre? Mateo, padre murió en la cárcel hace dos años. No te dijimos nada porque eres un crío, madre no quería que sufrieras”.

Callaron ambos, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Al llegar a su casa, la madre estaba esperándolos. Mateo bajó del burro, y con la cabeza gacha se dispuso a enfrentarse a su bronca, pero su madre le abrazó muy fuerte y besó su frente.

Los tres entraron en la casa, y la madre tomó el puchero y lo puso sobre la mesa. Se sentaron a ella, y cuando iban a empezar a comer, Mateo se levantó y dijo “Ahora vengo”.

Entró en la habitación de su madre, sacó la foto que llevaba escondida en el pecho y con cuidado la introdujo dentro del marco tumbado en el aparador.

Miró a su padre y le dijo “No estás muerto, que yo lo se. ¿Verdad que no? ¡Espérame allí donde estés! Algún día te encontraré.

Anuncios

Acciones

Information

4 responses

17 11 2007
Lety

Como siempre, Excelente!

Eres una escritoria excelente, con tus letras me haces recrear, imaginar y me transmites sentimientos y emociones.

Feliz fin de semana!

Pd. Gracias por lo de que estoy mas flaca, jijiji.

Me gusta

18 11 2007
javibrasil

Un cuento precioso, Morgana, 🙂

Me gusta

18 11 2007
sondemar

Gracias a los dos 🙂

Me gusta

18 11 2007
jose guillermo

Hola estoy creando un periódico digital y me gustaría que colaborases conmigo.
Agrégame a Messenger y hablamos.
Un saludo. Jose Guillermo. Lonuestro27@hotmail.com

Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: