EL ULTIMO BESO

4 12 2007

La última vez que te besé no respondiste a mi beso, estabas sedada en la cama de un hospital, con las manos atadas para que no pudieras al despertar quitarte los artilugios que tenías enganchados a tus venas y a tu nariz. No despertaste tampoco cuando papá me sentó a los pies de la cama ni cuando llorando salí de la habitación mientras él tiraba de mí.

Además de todo esto también recuerdo el olor que impregnaba la camisa verde que llevabas encima de tu enflaquecido cuerpo. Me pareció raro que hubieras dejado que te pusieran ese trapo, con lo coqueta que eras; más tarde, al hacerme mayor y visitar otros hospitales comprendí que a todo el mundo le ponían lo mismo, sobre todo si estaban inconscientes como tu.

Del hospital fuimos a casa de la abuela y papá recogió una maleta, la abuela no estaba y el abuelo lloraba cuando me abrazó. Yo estaba asustado, me agarraba al cuello del abuelo y papá me dio un cachete para que le soltara, en ese momento el abuelo miró a papá con un odio tan profundo que la impresión hizo más que el cachete de papá y le solté.

Salimos a la calle con mi maleta y tomamos un autobús, en el viaje yo no hacía más que preguntarle, y él me respondía con monosílabos, sin mirarme. Me aburrí de sus contestaciones y me dediqué a mirar por la ventanilla. En un semáforo vi a una mujer rubia como tu, guapa como tu y grité “¡Mamá, es mamá!”. Mi padre me contestó sin dejar de mirar la espalda del conductor “Tu madre está muerta, Stuart. ¡Cállate ya!

Y con esas palabras llegamos a la residencia, y con esas palabras viví doce años más hasta que cumplí la mayoría de edad y salí de allí para enfrentarme con un mundo que apenas conocía. Durante el tiempo que viví allí no tuve ninguna noticia de papá ni de los abuelos, cuando salí, miré la dirección de tus padres en una guía telefónica y fui, el hombre que abrió la puerta era demasiado joven para ser el abuelo, al ver mi desconcierto me invitó a entrar y me contó que llevaban seis años viviendo en la casa  y que los antiguos propietarios habían fallecidos poco antes. No se me ocurrió preguntar quién o quienes les habían vendido el piso, la noticia me dejó sin palabras.

A partir de ahí fui dando tumbos de un lugar a otro, de un trabajo malo a otro peor; me sentía abandonado por todos, por papá, los abuelos y especialmente por ti y caí en picado. Comencé a tontear con las drogas y la bebida pero pronto me quedé sin blanca, uno de los camellos que me suministraba me pasó material y me dediqué a vender para poder consumirla. Una noche un par de *negratas intentaron robarme, peleamos salvajemente y me llevé por delante a uno de ellos. Me detuvieron y me sentenciaron a pena de muerte, mala suerte, si hubiera sido en el estado fronterizo me habría caído sólo la perpetua.

Y aquí estoy, en el pabellón de los condenados, a tres días de mi ejecución, y cuando todo está ya acabado, cuando he sellado la paz conmigo mismo, apareces tu, en forma de carta me llega tu amor, “Te quiero, hijo mío” “Llevo buscándote tanto tiempo…” Y nuevamente soy un niño perdido en busca de la seguridad de tus brazos.

Y mañana, cuando llegues hasta mí, me besarás y yo si responderé a tu beso.

*Negrata: Nígger, forma despectiva de llamar a la raza negro en Estados Unidos

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3 responses

4 12 2007
Lety

Impresionante guapa, se me puso la piel chinita al leer tu relato, eres excelente a la hora de transmitir emociones a traves de tus letras.

Un beso!

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5 12 2007
sondemar

Gracias guapa, eres mi más fiel lectora…Recuérdame que te mencioné cuando gane el Planeta….jaja. Besitos

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6 12 2007
Maria Del

Lo resumiría en dos verdades:
Lo que pasa en tu infancia marca la edad adulta
Pase lo que pase, la familia sigue ahí
Muy buena la historia

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