El cine

27 12 2007

Todos los sábados íbamos al cine, mi madre preparaba unos bocadillos que envolvía en papel de estraza, y nos daba una peseta a cada uno para que después de comernos el bocadillo nos compráramos, en el descanso “¡Palomitas, patatas, bombón helado!”, lo que quisiéramos. Yo compraba patatas, mi hermana palomitas. Siempre.

Las películas que más nos gustaban eran las de Disney, lo malo era que sólo ponían una al año, por navidades y algunas de ellas las vimos repetidas unas cuantas veces. Luego estaban las de Marisol y Joselito ¡Qué suerte tenían los jodíos! Sobre todo Marisol, que siempre era una niña la mar de simpática y que aunque fuera pobre, al final resultaba que su abuelo o su tío o su primo hermano eran millonarios. Joselito casi siempre era pobre, y feo ¡El pobre!.

Nos gustaba mucho ir al cine, mostraba un mundo que nunca habíamos conocido y que nunca conoceríamos, salíamos de nuestra pequeña casa con dos habitaciones y sin baño, con humedad en todas las paredes y donde no entraba nunca un rayo de sol porque estaba en un patio interior y nos sumergíamos en otras casas de otros niños donde siempre había un perro y un frigorífico de dos puertas lleno de helados y dulces. Las madres eran guapas y rubias y los padres simpáticos y alegres. Los niños montaban en sus bicicletas relucientes por unas calles donde las casas además de enormes, estaban rodeadas de verdes setos e imponentes árboles. Yo siempre quise ser un niño americano valiente y pelirrojo, y además repartir periódicos subido en mi bici.

Terminaba la peli y comenzaba otra, casi siempre de la segunda guerra mundial o de vaqueros, donde los malos eran los indios y siempre morían. Muchos años más tarde, descubrí que “Chato el apache” era un héroe. Y cuando terminaba la segunda, volvíamos a ver la primera, por si se nos había escapado algo.

Cuando regresábamos a casa ya casi era la hora de cenar, mi madre nos preguntaba si nos habían gustado las películas, pero lo hacía casi siempre sin mirarnos, desde el fogón de la cocina, preparando los boquerones rebozados, Y cuando nos sentábamos a cenar, los tres, mi padre cenaba más tarde supongo ya que cuando nos acostábamos él no había vuelto aún de la tasca, mi madre nos hablaba sin levantar la cara de su plato.

Un sábado de tantos en el cine se fue la luz, estuvimos esperando impacientes “¡Qué empiece ya, que el público se va!” más de media hora, hasta que por los altavoces se oyó una odiosa voz que nos dijo que había apagón general y que guardáramos las entradas para la próxima sesión, con lo que tomé a mi hermana de la mano y bajamos corriendo la calle Alcalá hasta llegar a nuestra casa.

Cuando abrí la puerta a mi padre no le dio tiempo a disimular, no le dio tiempo a bajar el puño que tenía alzado y con el que había estado golpeando el cuerpo medio desnudo de mi madre. Esa noche visité por primera vez la casa de socorro de donde salí con el brazo izquierdo escayolado.

La siguiente vez que fui un sábado al cine fue el día del entierro de mi padre, la película me gustó, era Taxi driver.

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One response

31 12 2007
Lety

Guapa! antes que nada, mis mejores deseos en este 2008, sobre todo te deseo mucho amor y salud, creo que lo demas viene por añadidura.

Este relato me puso la piel chinita.

Abrazos!

Pd. No se mi numero de Wii, jejeje, pero lo buscare y te lo dire, yo llevo apenas 50 estrellas, pero cada vez me parece mas complicado 😦

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