El funeral de Sissi (Remasterizado)

5 03 2008

La habitación está en penumbras, iluminada sólo por dos velones; uno en una vieja mesa de madera de pino, compacta y dura, y el otro en una repisa al lado de una chimenea con rescoldos humeantes. Alrededor de la mesa hay seis sillas, también de pino con pequeñas volutas de flores cinceladas, en la mesa, una cesta de mimbre con algo de comida: un pequeño queso, un trozo de pan, algunas galletas y una botella con agua.
 Desde la entrada se ven dos puertas cerradas, y entre ellas, un aparador de caoba que ha conocido mejores tiempos. Encima del aparador, en la pared desconchada, un retrato de boda. Éste y un pequeño almanaque que marca septiembre de 1.898, son todos los adornos de la casa.
Gunilla intenta no hacer ruido mientras termina de preparar la comida en los rescoldos de la chimenea. Es de mediana edad, pero está avejentada, su ropa está limpia pero ajada. Se acerca despacio a una de las puertas, y escucha a través de ella, suspira, parece aliviada, y después se acerca a la otra y la abre . A la suave luz de las velas contempla a sus hijos que duermen, tres chicas de diferentes edades lo hacen en una única cama más grande que la otra, donde sólo hay un muchacho.

Vuelve a cerrar la puerta, y después de tapar la comida preparada con varias servilletas bordadas a mano, toma la cesta de la mesa, se cubre con un mantón de lana basta y sale de la casa, cerrando con suavidad.,Cuando toma el camino que va a la aldea aún no ha clareado el día.

Al entrar al pueblo unos perros que buscan comida en el quicio de las puertas le ladran, pero no consiguen despertar a un hombre que dormita sentado en un banco que hay en la entrada del ayuntamiento.

Gunilla llega a la plaza, y se sienta cerca del hombre. Mientras espera siente sueño, y los ojos se le cierran. Transcurre un buen rato hasta que se oyen cascos de caballos. La mujer despierta, el hombre no. A sus pies hay una botella de vino vacía.

El cochero baja del carro y coloca una pequeña escalera de madera y Gunilla se acerca hasta él.

-Buenos días señor Smitch-Saluda
-Buenos días señora Heiddeger. ¿Va a Viena?-Contesta el cochero asombrado.
-Sí, eso es-Le confirma ella, con timidez.

Sube al carro y se sienta, dispuesta a esperar con paciencia. Como con cuentagotas van apareciendo aldeanos que suben al carro, saludan a Gunilla y se sientan también. Cuando el cochero comprueba la hora, y va a quitar los peldaños, una joven llega presurosa.

Es una chica guapa y va muy bien vestida. Lleva un vestido verde de tafetán con pequeñas flores bordadas en el pecho. Se cubre la cabeza con un bonito sombrero, también verde, pero un tono más oscuro. Unos finos botines de cabritilla calzan sus pequeños pies.
 Sube y busca un sitio libre. Al ver que el único está al lado de Gunilla, frunce el ceño con un mohín. Se acerca hasta ella y saludándola, se sienta.

-Buenos días señora Heiddeger-
-¿Cómo está usted señorita Renata?-contesta ella.
-Podría decirle que he tenido días mejores,-dice con altanería la muchacha.

El silencio se instala entre ellas durante un buen rato, hasta que la joven Renata casi sin pensarlo se vuelve hacía la mujer y le pregunta:

-¿Es cierto lo que me ha dicho mi padre?
-Se refiere usted a la próxima boda de mi hija con su padre-contesta ella avergonzada-¿No es eso?
-¡Claro que es a eso a lo que me refiero! ¿A qué otra cosa podría ser?-responde airada.
-Si, es cierto. Mi esposo y su padre lo acordaron ayer-dice Gunilla y sus ojos reflejan tristeza.
-¡Pero, es inaudito! Su hija, Anne Marie es más joven que yo. ¿Qué edad tiene? ¿Dieciséis?.
-En Noviembre cumplirá diecisiete, ya no es una niña. Yo tenía dieciséis cuando me casé. E incluso nuestra amada emperatriz tenía esa edad…-Contesta la señora Heiddeger sin creerse que ella pueda estar diciendo aquello.
-No estamos hablando de la emperatriz,¡Dios la tenga en su gloria! ni de usted, señora Heiddeger. ¡Si no de mi padre! Tiene cincuenta y dos años, es un viejo, y su hija.. ¡Cómo va a ser mi madre, es tres años más joven que yo, incluso dos más que mi hermano Klaus! ¿Cómo va a hacer feliz a mi padre, cómo va a criar a Gerthie y a Johan? Ellos necesitan una madre, no una hermanita mayor.
-Anne Marie es muy responsable, ella se ocupa de sus hermanos cuando su padre y yo vamos a trabajar en primavera a Salzburgo-dice intentando defender a su hija, enumerando sus virtudes, aunque en realidad está de acuerdo con todo lo que la joven Renata le dice-Cocina muy bien, es limpia y ordenada y adora a los niños. Será una gran amiga de sus hermanitos… y quizá usted y ella lleguen a serlo, también-dice con esperanza.
-¡Nunca señora Heiddeger, nunca!-Afirma Renata con fiereza.

La joven vuelve la cabeza y fija su vista en las verdes montañas de la campiña austriaca. Permanecen en silencio mucho tiempo, y cuando ya empiezan a divisarse los altos edificios de la capital, se vuelve hacia la mujer de nuevo.

-¿A qué va a Viena señora Heiddeger?-Gunnilla no se sorprende por la forma tan directa de preguntar de Renata. Está acostumbrada a que se dirija a ella sin ninguna educación. Había limpiado su casa cuando su madre estuvo enferma. Para Renata, ella y su familia son sólo pobres campesinos incultos. Por eso sobre todo, odia la idea de que Anne Marie vaya a formar parte de ella

-Voy al funeral de nuestra amada emperatriz-Contesta bajando la mirada.

Renata la mira sorprendida-Yo también voy allí. Pero, ¿Va usted a la iglesia de los capuchinos?
-No, estaré en la calle, veré pasar su carroza fúnebre y rezaré por su pobre alma-le dice.
-¡Qué tonta soy!-piensa Renata-¡Cómo iba a ir a iglesia ¡No la dejarían pasar con esas ropas viejas y ese cestito tan ridículo. Y mirándola le dice-Yo estaré dentro, de pie naturalmente, pero acompañando a nuestra adorada Sissi, como debe ser.
La mujer mira al suelo y asiente con la cabeza. Ambas quedan calladas hasta que Renata de nuevo habla como para ella misma.

-¡Pobre emperatriz, que vida tan trágica!
-¿Qué quiere usted decir señorita?-Pregunta la mujer asombrada.
-Pues, ya sabe señora Heiddeger, lo que se cuenta de ella. ¿No? Pero, ¿Es posible que no sepa usted que fue obligada a casarse con el emperador?-Renata se da cuenta por la expresión de su compañera de viaje que es una autentica sorpresa para ella, y continúa su relato.
-Sí sabrá que ella era prima hermana de “Franzzie”-le dice con una mirada cómplice, La señora Heiddeger por su parte enrojece al escuchar tal familiaridad en la denominación del emperador-y que quién estaba destinada al matrimonio era su hermana mayor.
Asiente, aunque es la primera vez que oye la historia-Pero en la fiesta de presentación, el emperador se enamoró de Sissi y decidió casarse con ella, con la oposición de la Archiduquesa, que después le hizo la vida imposible a la pobre.
Renata hace una pausa mientras contempla el rostro atónito de la otra-Y es que casarse sin amor es un terrible error. ¿No esta de acuerdo señora Heiddeger?-Le pregunta maliciosamente.

-Sí, sí, claro señorita Renata, pero ella tuvo todo lo que deseó ¿No?-Contesta con temor.
-En lo material, por supuesto. Pero no en el amor. ¿Y qué es la vida si no hay amor?-dice Gunnila con tono suficiente.
La señora Heiddeger no responde pero piensa en su propia vida junto a Hans y un suspiro huye de ella.

Entran ya en la ciudad imperial y las dos mujeres prestan su atención a la gente que camina presurosa por las calles. Al llegar a la posta, bajan de la carreta y Renata se despide

-Adiós señora Heiddeger. No nos veremos en la vuelta puesto que voy a quedarme en casa de mi tía unos días. Supongo que usted volverá mañana.
-Así es, me quedaré en Viena hoy. Dormiré en una pequeña pensión en..-Renata no le da tiempo a continuar.
-Disculpe, tengo mucha prisa. Debo llegar pronto a la iglesia para tener un buen sitio-Y dándose la vuelta, se marcha sin esperar el saludo de Gunnila.

La señora Heiddeger mira la espalda elegante de la joven, y sigue sus pasos entre la muchedumbre.

Al llegar a la iglesia de los capuchinos ve como Renata entra por una de las puertas laterales, y ella se sienta en uno de los bancos que la circundan. Abre el cesto, saca pan y un pedazo del queso y come contemplando el barullo de la plaza.
 Hay un numeroso público esperando el paso de la comitiva, la mayor parte con ropa de domingo, muchos están comiendo como ella. Le gustaría poder entrar en la iglesia, bajar a la “Kaisergruft”, presentar sus respetos a todos los emperadores y emperatrices que duermen el sueño eterno en la cripta, pero sabe que eso hoy es imposible. La iglesia se reserva para gente importante, no para el pueblo.

De repente se da cuenta que el barullo que reinaba en la calle ha cesado, todo el mundo está en silencio. A lo lejos se ve llegar el cortejo fúnebre. El emperador y sus hijas, las archiduquesas Sofía, Gisella y Maria Valeria preceden el negro carruaje del que tiran seis caballos negros también.

Gunilla espera hasta que termina el funeral y vuelven a meter el bello ataúd de la emperatriz en el carruaje para trasladarla al palacio imperial de Hofburg y cuando emprende el camino hacia la pensión, sus pensamientos giran en la historia que le ha contado Renata.

“Así que no sólo las campesinas como ella y como su Anne Marie se casan obligadas por sus familias. ¡También los nobles lo hacen! Recuerda su propia boda, el miedo que tuvo desde que su padre se lo dijo hasta la noche de bodas. ¡Y después! Más miedo aún, a Hans, a sus suegros con los que vivían, a que llegara la noche y Hans regresara de la taberna…

Sigue pensando en ello hasta que el cansancio hace que se duerma, y al día siguiente despierta con la mirada aterrada de Anne Marie en su cabeza.
En el viaje de vuelta no habla con nadie, sólo desea llegar a su casa. Cuando al fin llega todos duermen. Sin quitarse el mantón se dirige a la pequeña habitación que comparten sus hijos. Saca varias prendas de un arcón y las mete en la vieja maleta de cartón que usan cuando van a trabajar a Salzburgo.

Se acerca a la cama donde Anne Marie duerme junto a sus dos hermanas, y poniéndole la mano sobre la boca la despierta Su hija la mira extrañada y ella le hace una seña con la mano libre para que se levante,

Le alumbra con la vela que lleva para que se vista y salen de la habitación. Al lado de la chimenea vuelve a hacerle un gesto para que guarde silencio, y toma la maleta con una mano y con la otra a su hija, y salen de la casa

En el camino hacia la estación de Graz le cuenta a su hija la idea que ha tenido. Compraran un billete para Salzburgo, y cuando llegué allí irá a casa de su prima Gretchen. Le dará la carta que ha escrito para la gobernanta del hotel, no tiene duda que tendrá un puesto para ella, y en su día libre vivirá en casa de su prima. Anne Marie escucha atónita, pero cuando termina una gran sonrisa ilumina su rostro.

Mientras esperan la llegada del tren , la señora Heiddeger sonríe feliz, y no quiere pensar en lo que le espera cuando vuelva a su casa, sólo piensa en la cara de la señorita Renata cuando le diga que Anne Marie es libre para vivir.

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One response

20 09 2010
Okr

“A lo lejos se ve llegar el cortejo fúnebre. El emperador y sus hijas, las archiduquesas Sofía, Gisella y Maria Valeria preceden el negro carruaje del que tiran seis caballos negros también”

La historia es muy buena, solo aclarar que la pequeña Sofía ya había muerto. Saludos.

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