El bar de la calle Siete

25 03 2009

Nos pasábamos el día en el bar de la calle Siete, en cuanto salíamos del instituto dirigíamos nuestros pasos a aquel garito mal iluminado y aceptablemente pringoso. El master nos recibía con un gruñido de aceptación y una coca cola para ambos.
Normalmente agarrábamos la coca y nos íbamos al pin-ball, donde introducíamos una moneda de cinco centavos, que casi siempre, nos daba para estar jugando hasta las siete, que era la hora fijada para volver a nuestro “hogar, dulce hogar”.
Max, el dueño del bar, era un tipo versátil, lo mismo arreglaba las cañerías, casi siempre atascadas del retrete, que te ganaba el sueldo del mes en cuatro manos de póker. Debía rondar por los setenta en aquel entonces, o eso pensábamos nosotros, que cuando se trataba de adivinar la edad de alguien, si tenía más de veinte, era considerado como un anciano. De vez en cuando contaba con la ayuda de su hija Cam, una mujer que no nos dirigía la palabra nunca, y que siempre estaba apoyada en el mostrador resolviendo crucigramas.
Teníamos dieciséis años, la cara llena de acné y unos picores insoportables en nuestras partes bajas. Todas las mujeres nos parecían deseables, a mí, hasta la madre de Howard hacía que me empalmara, así que Cam no fue una excepción, es más, la considerábamos muy atractiva, quizá porque no nos hacía ningún caso.
Una tarde de finales de primavera, Howard tuvo que ir al médico. Se fue renegando a la consulta, odiaba que interrumpieran nuestra aburrida monotonía y aunque entonces no lo sabíamos, a partir de aquel día, su monotonía se trasladaría a una habitación del hospital Saint James hasta que le llevaron al Good Nigth Seminary un año más tarde.
Así pues aquella tarde me encaminé al bar de la calle siete yo sólo, un poco asustado, ya que era la primera vez que iba allí sin la compañía de Howard. Entré al bar cegado por la luz resplandeciente del final de la tarde, y cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra del local, comprobé que estaba sólo en él. Ni Max ni su hija estaban en el mostrador, y como de costumbre a esas horas, tampoco había ningún parroquiano.
Me acerqué al pin-ball y metí la moneda de cinco, dispuesto a consumir la hora y media que me quedaba para volver a casa, cuando noté a mi lado el perfume ácido de Cam, miré hacia mi izquierda y allí estaba ella, contemplando mi forma de jugar.
-¡Hola chico!-Me dijo sin una sonrisa-¿Y tu amigo?
-Ha ido a la consulta del médico-Farfullé mientras notaba un calor insoportable en mi cara.
-¡Que casualidad! Mi viejo también ha ido a que le echen un vistazo. ¿Hoy no quieres la coca?-Me preguntó mientras se dirigía al mostrador.
-Sí, si quiero coca, por favor-Le respondí dejando que la bola se colara.
Ella sacó una botella y la abrió, y esperó a que yo la recogiera. Me acerqué al mostrador para cogerla y volver a la máquina, pero ella me agarró la mano, y me dijo:
-¡Anda quédate a charlar un rato conmigo! Llevo toda la tarde sola y estoy muy aburrida.
-Cuéntame algo.
Me disponía a contarle las mismas cosas que le decía a mi madre cuando me hacía esa misma pregunta, pero antes de que de mi boca saliera la primera palabra, ella me la cerró con su lengua. Me quedé petrificado, primero por la sorpresa y segundo por el sabor que noté en la boca cuando ella movió la lengua dentro de mí.
La empujé y salí corriendo del bar, y seguí corriendo hasta que llegué a la sinagoga de mi barrio. Antes de entrar me detuve a pensar como contarle a mi rabino que había pecado porque ahora conocía el sabor del cerdo frito.

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2 responses

26 03 2009
javibrasil

Habría pasado holgadísimamente mi severo criterio en FDL. Alli te esperamos, aunque no sé si sabes que el nivel es, digamos, interesante.

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26 03 2009
sondemar

Si que lo se, por eso me da taaanto miedo, pero hoy lo he superado. Gracias feo

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