Lo que se hereda

20 06 2015

No entendía por qué, precisamente ahora, se le venía su padre a la cabeza. Hacía mucho que no pensaba en él, por lo menos desde el entierro de Jacinto. Ese día sí que estuvo pensando en él, bueno y en su madre, y en general en su vida familiar.

Recordaba perfectamente aquellas tardes noches de finales de verano, sentados todos en el patio de la casa, intentando respirar alguna brizna de aire fresco sin conseguir nada más que tragarse algún mosquito, de esos que ya están a punto de diñarla y andan tontos perdidos volando de aquí para allá.

Veía a sus hermanos y a ella misma, jugando a cualquier cosa que no requiriera mucho esfuerzo, al “Veo, Veo” o a las adivinanzas, incluso a la brisca, sentados en las losetas de tierra del patio que estaban más fresquitas que las sillitas de enea. Su madre, algunas veces participaba del juego, y entonces siempre les ganaba, era tan lista…

Su padre se limitaba a escucharles bebiendo del vaso de tinto que siempre estaba cerca de él. En esas noches calurosas de finales de verano caía por lo menos una botella, o quizá, si el sueño se resistía hasta dos.

Jacinto siempre estaba pendiente del vaso de vino, aunque hiciera que le interesaba el juego. Disimuladamente echaba ojeadas cuando notaba que la mano del padre se acercaba al vaso, y una sombra oscurecía su mirada.

De sus hermanos, él era el más guapo, se parecía mucho a la madre, tenían ambos una sonrisa que les iluminaba el rostro, las pocas veces que aparecía. Cuando su madre y Jacinto sonreían ella sentía como si le fuera a explotar el corazón, como si el cielo fuera más azul y el mar, que se adivinaba a lo lejos, les acariciara los pies.

Su padre no es que fuera feo ¡Qué va! Las vecinas del barrio se le quedaban mirando cuando le veían pasar. A ella le daba mucha rabia esas miradas de envidia, cuando a veces, iban a visitar a algún familiar todos juntos, en procesión, sus padres delante y ellos cinco detrás, Jacinto y Felipe, siempre juntos, y las tres niñas en último lugar… Las odiaba, no por cómo le miraban, sino por lo que se callaban.

Pero las vecinas no eran las únicas que callaban, todo el mundo lo hacía. Los abuelos, los tíos, incluso ella y sus hermanos, bueno, Jacinto no, él no se callaba nunca. Siempre estaba ahí, interponiéndose cuando la madre se acuclillaba en la esquina de la habitación, cubriéndose la cabeza con los brazos, y su padre con el cinturón en la mano, decidía que había castigarla porque la comida estaba fría o caliente, porque se le había caído un botón o por cualquier otra cosa que le hubiera ocurrido y de la que su madre era la culpable.

Muchas veces, era Jacinto quién se llevaba los correazos, e incluso alguna patada. Recuerda que el año en que el hombre llegó a la luna, lo escucharon en directo en la radio que amenizaba las velas de los médicos de guardia en la Casa de Socorro.

Pero ¿Por qué coño le tienen que venir todas estas cosas a la cabeza, precisamente ahora? Su invitado la está esperando, no quiere hacerle esperar.

Recoge todos los utensilios que necesita, y baja al sótano, donde el muchacho la espera atado en una silla. Cuando la ve llegar, le mira con ojos de garzo asustado, y ella se excita.

“Ya voy” le dice y se acerca a él parsimoniosamente, con el martillo en la mano.

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El cine

27 12 2007

Todos los sábados íbamos al cine, mi madre preparaba unos bocadillos que envolvía en papel de estraza, y nos daba una peseta a cada uno para que después de comernos el bocadillo nos compráramos, en el descanso “¡Palomitas, patatas, bombón helado!”, lo que quisiéramos. Yo compraba patatas, mi hermana palomitas. Siempre.

Las películas que más nos gustaban eran las de Disney, lo malo era que sólo ponían una al año, por navidades y algunas de ellas las vimos repetidas unas cuantas veces. Luego estaban las de Marisol y Joselito ¡Qué suerte tenían los jodíos! Sobre todo Marisol, que siempre era una niña la mar de simpática y que aunque fuera pobre, al final resultaba que su abuelo o su tío o su primo hermano eran millonarios. Joselito casi siempre era pobre, y feo ¡El pobre!.

Nos gustaba mucho ir al cine, mostraba un mundo que nunca habíamos conocido y que nunca conoceríamos, salíamos de nuestra pequeña casa con dos habitaciones y sin baño, con humedad en todas las paredes y donde no entraba nunca un rayo de sol porque estaba en un patio interior y nos sumergíamos en otras casas de otros niños donde siempre había un perro y un frigorífico de dos puertas lleno de helados y dulces. Las madres eran guapas y rubias y los padres simpáticos y alegres. Los niños montaban en sus bicicletas relucientes por unas calles donde las casas además de enormes, estaban rodeadas de verdes setos e imponentes árboles. Yo siempre quise ser un niño americano valiente y pelirrojo, y además repartir periódicos subido en mi bici.

Terminaba la peli y comenzaba otra, casi siempre de la segunda guerra mundial o de vaqueros, donde los malos eran los indios y siempre morían. Muchos años más tarde, descubrí que “Chato el apache” era un héroe. Y cuando terminaba la segunda, volvíamos a ver la primera, por si se nos había escapado algo.

Cuando regresábamos a casa ya casi era la hora de cenar, mi madre nos preguntaba si nos habían gustado las películas, pero lo hacía casi siempre sin mirarnos, desde el fogón de la cocina, preparando los boquerones rebozados, Y cuando nos sentábamos a cenar, los tres, mi padre cenaba más tarde supongo ya que cuando nos acostábamos él no había vuelto aún de la tasca, mi madre nos hablaba sin levantar la cara de su plato.

Un sábado de tantos en el cine se fue la luz, estuvimos esperando impacientes “¡Qué empiece ya, que el público se va!” más de media hora, hasta que por los altavoces se oyó una odiosa voz que nos dijo que había apagón general y que guardáramos las entradas para la próxima sesión, con lo que tomé a mi hermana de la mano y bajamos corriendo la calle Alcalá hasta llegar a nuestra casa.

Cuando abrí la puerta a mi padre no le dio tiempo a disimular, no le dio tiempo a bajar el puño que tenía alzado y con el que había estado golpeando el cuerpo medio desnudo de mi madre. Esa noche visité por primera vez la casa de socorro de donde salí con el brazo izquierdo escayolado.

La siguiente vez que fui un sábado al cine fue el día del entierro de mi padre, la película me gustó, era Taxi driver.





ORO

28 09 2007

El tipo me sonrió y al hacerlo, un destello dorado salió de su boca, la luz de la pequeña lámpara se reflejó en su diente de oro y me dio de lleno en la pupila derecha. Parpadee mientras le contestaba.

-Es la primera vez que vengo por aquí-Le dije con una tímida sonrisa-No creo haberte visto nunca.

-Pues tu cara me suena mucho, guapa-Me contestó mientras buscaba un cigarrillo-Te parecerás a alguna de las chicas que han pasado por aquí, son tantas…

Se me quedó mirando muy despacio, primero la cara y después continuó bajando por el resto de mi cuerpo-Date la vuelta, quiero ver bien el material-Me dijo con aire socarrón.

Obedecí y dejé que se recreara en la visión de mi trasero, unos segundos después me volví y le pregunté-¡Qué! ¿Entonces tienes trabajo para mi?

-Siempre tengo trabajo para chicas guapas, pero antes tienes que demostrarme que estás a la altura. ¿De acuerdo?

Asentí y esperé. Él tomó el móvil y llamó, habló unos minutos en voz baja y cuando colgó se levantó y me dijo-¡Vamos!

Cruzamos la pista de baile, donde tres chicas dormitaban en brazos de unos babosos que más que bailar, lo que hacían era restregarse contra ellas. Abrió una puerta escondida en las penumbras con cartel de “Prohibido el paso”, entré a la oscuridad del cuarto y tropecé con él, que lanzó una risotada y me agarró fuertemente de la cintura.

-¿Estás impaciente, nena?-Me preguntó echándome su fétido aliento a la cara.

-Mucho, cariño-Le contesté yo, aguantando una arcada.

Sin soltarme me llevó hasta un catre inmundo que yacía en el suelo entre restos de comida y jeringuillas usadas.

El tío se tiró a él y usando sus brazos como almohada me invitó a unirme.

-¡Vamos putita, demuéstrame lo que sabes hacer!

Me arrodillé entre sus piernas procurando no rozarme con nada y le bajé la cremallera. Su polla era pequeña pero bien proporcionada, la tomé entre las manos y le miré a la cara. El diente de oro refulgía en su sonrisa.

Respiré hondo, me la metí en la boca y empecé mi trabajo. Noté como se relajaba, y cuando empezó a ponerse tenso, busqué en el bolsillo trasero de mi vaquero y saqué la navaja.

No pensé en nada, simplemente hendí la hoja en la turgente carne y corté. La navaja estaba bien afilada, y fue rápido. Me escabullí de sus manos que trataban de detenerme y levantada observé como se desangraba.

Me despedí de él, con la puerta abierta:

-Soy Laura, la hermana de Anabel, o de Ronda, como tú la llamabas. Sólo quería decirte que murió hace quince días gracias a la última farlopa que le diste como pago por sus trabajos.

Salí del local sin volver la vista atrás y me dirigí al cementerio. Tenía que darle noticias nuevas a mi hermana.