Una del oeste

27 03 2015

La hormiga atravesó con rapidez la desértica calle buscando con desesperación un lugar donde refugiarse del sol de plomo que caía sobre el poblado. Cuando se encontraba a punto de llegar a los tablones que formaban un camino sin polvo, una bota refulgente acabó con sus esperanzas.

El hombre vestido de púrpura no supo que acababa de sesgar un vida, aunque, si lo hubiera sabido tampoco le habría importado.

Entró al saloon abriendo las puertas batientes de un fuerte empujón, el ruido hizo que los parroquianos sentados en la barra y las mesas observaran al recién llegado. Varios de ellos, al verle, calaron sus sombreros hurtando su mirada.

El hombre de púrpura observó con desdén y se acercó a la barra con lentitud, recreándose en él mismo. El barman puso en la barra un vaso y lo llenó de líquido dorado antes siquiera que el vaquero llegará hasta él. El hombre de púrpura tomó el vaso y lo apuró de un solo trago, después miró al barman y éste volvió a llenar el vaso, con tan mala suerte que sus manos temblorosas dejaron derramar unas gotas de whisky, que salpicó la manga de la camisa púrpura.

-Lo siento, no volverá a pasar-farfulló el barman asustado.

-Tenlo por seguro-le contestó el hombre de púrpura sin mirarle.

Se dio la vuelta acodándose en la barra y  levantando un poco el ala del sombrero ojeó a su alrededor. Su mirada se posó en una mesa donde cuatro jugadores apostaban sus pagas con mayor o menor fortuna.

Uno de los jugadores le devolvió la mirada, y el hombre de púrpura notó dentro de sí un sentimiento hacía tiempo olvidado.

Tomó su vaso y se acercó con su andar pausado a la mesa, se paró y cuando los jugadores interrumpieron la partida y le miraron, sonrió y dijo:

-Me gustaría jugar.

Un jovenzuelo con la cara llena de acné, imprudente gracias a su edad, le contestó:

-La partida está completa, hombre.

Una bala cortó en dos la sonrisa arrogante del muchacho, mientras el hombre de púrpura le contestaba:

-Ya no.

Apartó el cuerpo caído con sus botas centelleantes y se sentó a la mesa, mientras se repartían los naipes el hombre de púrpura miró a su izquierda y sonrió de nuevo.

-Te sienta bien el Stanton, pero me gustas más sin él-dijo, haciendo ademán de quitarle el sombrero.

Una mano cuarteada pero de dedos largos y elegantes, frenó la suya. Con rapidez la mano del hombre del traje púrpura actuó como una garra apresándola, y con la otra de un golpe certero arrancó el sombrero dejando al descubierto un rostro femenino

-Sigues tan guapa como siempre, aunque más vieja-le dijo sarcástico.

-Es lo normal después de diez años ¿No crees?-Le contestó ella.-Pareces muy sorprendido de verme.

-Creí que habías muerto junto a tu padre, cuando incendiamos el rancho-contestó el hombre del traje púrpura mientras acariciaba su rostro-Parece que eres dura de pelar.

-Eso parece. Te he echado de menos, aunque te odie. Aún recuerdo las noches estrelladas en el rancho ¿Y tú?-Le dijo acercando su boca a la mejilla del pistolero.

-Si lo intento, puede que lo recuerde. Estoy seguro de que podría recordarlo si me acompañas arriba-dijo dando un pequeño tirón a la muñeca de la mujer y acercándola más a él.

-Claro-dijo ella en un susurro-Deja que recoja el sombrero y guíame.

La promesa de sus ojos hizo que el hombre del traje púrpura soltara a su presa, y  se dirigiera a la escalera. Cuando comprendió lo que significaba ese “clic” tan conocido para él, la bala ya le había atravesado el corazón.