
Hasta pronto

Hasta pronto
La jovencita se asomó por el hueco del árbol y no le vio, no quería que se le escapara así que decidió ir tras él. Introdujo medio cuerpo en la cavidad, y se dio cuenta de que había sido una mala idea, no había nada a lo que sujetarse. Recordó las advertencias de su madre mientras el vértigo de la caída la inundaba.
La brusca caída se frenó suavemente cuando sus posaderas dieron con el mullido suelo. Sorprendida miró a su alrededor. ¡Jamás habría pensado que el tronco de un árbol fuera tan grande!. Además de unos sillones que se adivinaban muy cómodos y una mesita donde un juego de té reposaba sobre un cristal finamente tallado, había un espejo donde vio detrás de su imagen reflejada, un túnel muy iluminado.
No había otro sitio por donde salir de allí, así que decidió recorrerlo. Cuando ya empezaba a pensar que nunca llegaría a ningún sitio, apareció una pequeña puerta con una flecha luminosa que indicaba Salida. Se agachó para pasar por ella y al traspasarla, se encontró en una habitación que le recordó a la de su vieja tía Vestes.
Echó un vistazo alrededor y de nuevo vio otra puerta coronada con un cartel luminoso que decía Aquí está lo que buscas. Un poco asustada entreabrió la puerta y allí estaba él.
El conejo la sonrió desde la cama donde se encontraba tumbado, vestido sólo con un horroroso slip verde. Le hizo una seña con el dedo índice, atrayéndola hasta él, y cuando llegó a su lado le dijo:
-Por fin lo has conseguido, me has encontrado. Todo lo que buscabas será tuyo.
Lo único que Alicia pensó es que había merecido la pena la aventura, cuando el conejo dejó caer su única prenda.
Se quedó perdido en sus cabellos, rojos como la sangre que mojaba sus manos, unas manos creadas para salvar vidas y a las que él había traicionado.
Alzó el cuerpo que empezaba ya a tomar la rigidez que acompaña a la parca y le sorprendió su liviandad. Se dirigió hacia el río, las aguas del viejo Támesis cruzaban la ciudad en silencio, y en silencio arrojó el cuerpo a las verdes aguas.
En ese momento, como le ocurría siempre, su mente se quedó en blanco y no supo explicarse porqué se encontraba allí, bañado por la luna llena.
Jugaba a ser siempre el mejor, el mejor en todo. Le daba igual lo que tuviera que hacer para conseguirlo, trampas en las cartas, tomar un atajo en una carrera, copiar en un examen, cualquier cosa que le hiciera ser el primero, el más listo, el que más ligaba, el número “ONE”.
Por eso ahora mismo se estaba jugando el pellejo, si le pillaban sabía lo que le esperaba, la expulsión del instituto, pero tenía que arriesgar todo para conseguir aprobar el examen, así que respiró hondo y entró en la sala de profesores.
Cuando terminó el examen sintiéndose un triunfador, corrió para encontrarse con la “pavita” que le esperaba en la puerta del instituto.
La besó poniendo toda su alma en ello y llamándola como a todas “cielo”. No recordaba su nombre ¿Qué más daba? Sólo era otro juego.
Al llegar a su casa y abrir la puerta, vio en el perchero del recibidor el sombrero de su padre, así que se acercó presuroso al salón.
Él estaba sentado en su sillón leyendo el periódico, y cuando le vio entrar lo dejó en la mesita, y esperó a que se acercara.
-¡Bueno chico! ¿Preparado?- Le preguntó sacando el tablero de ajedrez.
Se concentró en la partida con todo su ser, y cuando angustiado vio como su padre le daba jaque mate, un nudo de desesperación le atenazó el estómago.
Con la cabeza baja le escuchó decir su frase preferida:
-¡No sirves ni para jugar al ajedrez! ¡Vaya mierda de hijo que me ha caído en suerte!
Dani se despierta y mira a su alrededor y sonríe cuando ve a d. Paco, él también le está sonriendo, y el niño deshace apresurado el abrazo dulce de las sábanas para coger al muñeco sentado a los pies de su cama, luego, se sienta en el borde y mira hacia el suelo, tan lejano. Dani sólo tiene cuatro años y además es bajito para su edad, por eso la distancia que media entre el suelo y el borde de la cama le parece tan grande, y le da tanto miedo saltar como cuando se sube en el tobogán del parque y ve allí, a lo lejos, a su hermana Celia que le grita para que “Te bajes yaaa”.
Así que decide quedarse donde está y para no aburrirse le cuenta a d. Paco lo que ha soñado esta noche con pelos y señales. D. Paco le escucha muy interesado y se desternilla cuando Dani le cuenta que en la selva mató a un tigre que le perseguía tirándose un pedo, porque no tenía pistola. Dani también se ríe mucho y aprieta las piernecillas porque le están dando ganas de hacer pis.
Y en ese mismo instante entra su madre en la habitación, y lanza una exclamación de sorpresa, “¡Pero hijo, ya estás despierto! Si sólo he estado diez minutos fuera” Dani deja a d.Paco y se pone de pie en la cama para abrazar a su madre, y antes de que pueda contarle el sueño de la selva, ella le baja de la cama y le lleva hasta el baño, y comienza a darle instrucciones sin respiro, “Venga, anda haz pipí y lávate las manos y la cara. Yo mientras voy a llamar a papá”
Cuando sale del baño, mamá está hablando con el hombre de la bata blanca que le asusta cuando se acerca a él para ponerle esa cosa tan fría en el pecho y en la espalda. Se pone detrás de su madre y se agarra con todas sus fuerzas a sus piernas, entonces ella se desprende de su abrazo y se agacha a su altura, para besarle.
Y muy bajito le dice al oído, “Hoy tenemos una aventura nueva pitufo”, y le sigue contando que Dani y d.Paco van a ir a otra habitación donde hay más niños y unos payasos que les van a contar un montón de historias, y mientras termina de decírselo, la enfermera Alicia que es la más guapa y la más simpática de todas, le coge de la mano y salen de la habitación.
Cuando están en la mitad del pasillo, mamá llega corriendo y le da su gorra de Mickey, “¡Que se te olvidaba la gorra! ¡Anda póntela para que no se te queden fríos los pensamientos” le dice acariciando la suave piel de su cráneo desnudo.